PREVISIBLE FINAL

Y así es cómo acaba: es tan suave el viaje de la yema de su índice hacia posarse en los labios de Clara. Es un gesto de una ternura de la que no lo creíamos capaz, él en cuclillas frente al sillón donde está Clara, un dedo rozando los labios de ella. Silencio, despedida. Desandando luego los ocho pasos hacia la salida, se ha puesto la gabardina, se ha detenido un momento frente al espejo junto a la puerta, la mano izquierda descansando en el pomo, los ojos incrédulos, compasivos, afónicos de Clara en el sillón fijos en su espalda; el aire dice resignación y final. Abre la puerta, la traspasa y cierra con conciencia de última vez.

Ni Carlos ni yo hemos sabido más de él desde entonces, pero en algo estamos de acuerdo los dos, y es infrecuente: volverá. Es tan previsible como el discurrir de la historia de Clara y él hacia un desenlace que sabíamos llegaría, cuestión de tiempo. Jamás me atreví a insinuarle que era tan evidente que ella siempre insistiría, como que aquello desembocaría en una puerta cerrándose. Si Carlos se lo hubiese advertido, yo no habría tardado en leerlo en su cólera o su hermetismo. Volverá, estamos seguros Carlos y yo, se presentará ante nosotros un día cualquiera con esa actitud tan propia de él, como si nada hubiese ocurrido. Cuestión de tiempo.

 —Por favor, inténtalo otra vez… —Palabras y gestos eran Clara inequívocamente: delicadeza, obstinación e intensidad. Contenida en ruegos casi exhalados, y apasionada en deseos de él, de ellos, de un futuro compartido. Todo lo que miente, y para él es todo, se acaba en ella: Clara que acerca, mece, define, ilumina; brújula.

—… puedes, hazlo por mí… —Y él seguía callando. Carlos y yo conocemos esa rueda de ruido y silencios en la que él transcurre, pero para ella el rictus, la actitud adusta, la mirada férrea y esquiva, nunca fueron sino una huida admitida con desconsuelo mudo. Huida antes de la huida.

—… yo no voy a dejarte… —Estaban convencidas, ella y su sonrisa, pero no era verdad. O lo era a medias: simplemente él no resistiría tanto como para ver llegar ese día. Navegaban en círculos. Transitaban desde la sonrisa de Clara, el póker de marfiles ante el que él claudicaba para vivirse, habitarse, arrasarse mutuamente hasta dolerse (y dolor y ausencia es decir lo mismo cuando se trata de él), hacia el llanto de sirena que él bebía para saciar su sed de certeza, una Clara-piso-franco que lo llamaba para depositarlos, de nuevo, en la sonrisa invicta de ella. Iban hamacándose entre la abrasadora forma de ser dos cuando se tenían, y el inexorable cambio de mareas en el que acabarían zarandeados hasta que implorarían, ella y su llanto, que regresara, que se quedara, que lo intentara una vez más. Siempre ella una vez más hasta que, lo sabíamos nosotros, él se rindiera.

—…yo estaré contigo. —acabaría. Nunca nos culpó (Clara la que acepta, la que parece comprendernos a todos) pero la frase hablaba de nosotros, sobre todo de un Carlos por quien sentía una aversión visceral. Quería decir que ella sí, quería decir que su forma de estar, quería decir que nosotros jamás estaríamos así, como ella. Y damos fe de que si él intentó una vez tender puentes con todo aquello a lo que teme, encarando desnudo la intemperie helada hacia el confín de sus propios pavores, fue por Clara. Lo hubiera dejado todo atrás, nos hubiera olvidado, sólo por ella, por los deseos de ella, o sus deseos de ella, por el fin de las mareas que, les pareció, a punto estuvo de llegar.

Lo conocemos. Sabíamos que llegaría el día. Yo lo negaba, pero Carlos decía que ocurriría así, que no podía ser de otra manera. Que una mano tomaría la de Clara, que los ojos de él le dirían cuánto le importa, que en nadie más confía, y que no puede ser, no va a ser, que no puede, que la otra mano se deslizaría por debajo del mentón de Clara y la hoja cortaría de izquierda a derecha, firme, profundo y pausada; Clara atónita y siempre compasiva en el sillón, estremeciéndose, atragantándose, apagándose en una mirada que previsiblemente se detendría clavada en él hasta que la puerta se interpusiera entre los dos. Pero no imaginamos el gesto, el viaje sombrío e infinitamente tierno de la yema de su índice hacia posarse en los labios descoloridos de Clara. Y sabemos que él volverá. Volverá como si nada hubiese pasado; volveremos, volveremos a ser tres como si nada hubiese pasado y lo dejaremos estar. Ya aprendimos una vez, bajo una intemperie insoportable y fría, aquel vendaval atroz de palabras, recuerdos y pastillas, que él es Carlos, que Carlos es Carlos y yo también, y sin embargo, digan lo que digan, aunque todos crean que somos uno, somos tan distintos.