Reducido a la escribitud

¿Dónde están las sangrías?

Mes: septiembre, 2012

FELIZ CUMPLEAÑOS

El mejor regalo de cumpleaños posible saliendo, inmediatamente al abrir la puerta, en el rellano. Hace falta ser alguien desesperado para, encontrado un guante y un tubo como de bronceador allí, sin una inscripción, sin fecha de vencimiento, volver a entrar a casa, abrirlo, untar un dedo. Continuar al comprobar que el dedo ya no es o ahora es translúcido, que el cuerpo desaparece bajo el guante y el ungüento, poco a poco hasta cubrirlo entero. Hace falta odiar los cumpleaños.

¿QUIÉN FABRICA LOS SUEÑOS?

Augusto Torres se ha mudado a la casa de un muerto en un pueblo muerto. Dentro de un mueble, en el desván, ha encontrado una caja pequeña y, allí, el ojo del fabricante de los sueños. Lo ha tomado entre dos dedos por un instante, ha conocido todos los sueños de todos los hombres; recuerda los sueños que has tenido, los que tendrás, los que no llegues a soñar. Desde entonces son un enjambre que hierve dentro de él. Ahora quiere no estar dormido, quisiera no estar despierto.

Copula con todas las mujeres y los hombres hermosos. Es ellos, también. Un cerdo le susurra al oído, bocado a bocado, cómo va a devorarlo; desea cerrar los ojos, ensordecer, pero sólo consigue yacer inmóvil y mudo. Sube al metro en una parada de autobús. Espera un autobús. Es, completamente azul, un retazo de cielo. Él y un insecto, en un cuarto desierto y blanco, durante la eternidad. Una multitud de niños lo miran a los ojos mientras los degüella, uno a uno. Y todos los sueños.

Identifica tu mayor temor, tus anhelos improbables, multiplícalos por el horror puro y un placer sutil que no haya sido experimentado: Augusto Torres conoce el resultado de esa ecuación.

En el desván de la casa de un muerto de un pueblo muerto, lo último que hará Augusto Torres será soñar un sueño breve: soñará que lo último que hará será soñar un sueño breve, en el desván de una casa en un pueblo muerto.

CUARENTA Y CUATRO CARACTERES

Tac: arrea las letras pausadamente hacia la última frase, que no será “Fin”. Tac. Las manos se alejan del teclado, por un momento; estira el tiempo, la palabra.

Tac.

Vuelve a pensarlo, respira. Lentamente el dedo cae, ¿tac? Sí.

Tac. Un sorbo. El sabor del vino. Una duda. Tac, otra tecla, el monitor que ilumina el cuarto.

Tac. La noche en que se apaga. Tac. Esta noche se apaga, piensa. Piensa. Tac.

Recuerda. La boca de Irene riendo, enorme, a Groucho Marx; una duda. No volverá: tac. El abrazo de algún amigo. De Juan, por ejemplo. Respira. Una duda; pero luego, tac.

Tac. Levanta los dedos, y la mirada. La noche en la ventana. Respira y un hilo de aire se escurre dentro del pecho, a duras penas.

Tac.

El tac llegado de, y cayendo hacia páginas vacías, páginas llenas de vacío, tac. Dedos de escritor, vacíos. Tac. Y los días.

Tac, los ojos a los lomos de los libros en la biblioteca, tac, en la penumbra, oye los libros, clacs como una granizada torrencial. Tac, e imagina clacs de una Underwood bajo los dedos de Dylan Thomas, tan llenos siempre. Tac. Tac.

Tac, la noche y él se miran breve, fríamente, la noche escucha otro tac que gotea sobre el teclado y el hastío, él imagina la noche y Thomas, tac, tan dignos; tac; Irene tac no volverá, tac, el tiempo tac no volverá, ni tac los amigos, tac las páginas tac en tac blanco tac las páginas tac tan tac llenas de tactac tanta tactactac nada tactactac y tac, cuarenta y cuatro, punto, la mano se desliza a la derecha y conduce hasta un ruido seco que alcanza a escuchar como una sospecha, porque él se apaga.

 

La noche.

La luz del monitor: “Cúlpese al aburrimiento y a una bala de 22.”

GINEBRA DE VISITANTE

Y sí, claro, tuve que tomarme un par, ¿qué iba a hacer? Se ponen ciegos, no paran.  Luego ríen, orinan, vomitan y hacen estupideces. Y esto no es, ni de lejos, lo peor. Están loquísimos, muy jodidos. Yo ya avisé, no vuelvo más a ese planeta, para la próxima misión que envíen a otro.

PICNIC

Francisco Aguirre, profesor de literatura y gran cuenta-cuentos, se ha puesto en pie, altísimo como es, ocupando el estrecho espacio del pasillo. Apenas ha comenzado a introducir el relato de lo que está por suceder, cuando una azafata le ha solicitado que se coloque unos tres pasos más atrás, de forma tal que los pasajeros de clase ejecutiva también puedan escucharlo. Sin interrumpir la narración ha mirado de reojo, a duras penas ha dejado paso a piloto y copiloto que han salido de la cabina y, tras pedirle permiso para pasar, se han acomodado expectantes en el espacio ocupado por las azafatas.

Sigue el profesor Aguirre contando el cuento de lo que están por vivir, lo siguen todos inevitablemente embelesados. Que el avión se detiene, explica, en el aire, explica, y el avión se detiene, y se detiene en el aire, y etcétera. La escena recuerda a aquella del flautista y los ratones: el profesor va relatando, los demás ejecutan; las azafatas abren la puerta, se despliegan los toboganes, uno a uno van deslizándose, el personal de a bordo deja caer los sándwiches y las bebidas hasta que Aguirre, y luego el capitán, se unen al picnic. Es una nube grande, lo suficiente como para albergar cómodamente a todo el pasaje, bien desperdigados, con sus raciones. Todos encantados, pasan el rato estupendo que él les narra.

Cumpliendo el tiempo y los acontecimientos descritos en el relato, necesita levantar la voz un poco más de lo que le gusta para contar cómo regresan trepando por los toboganes, ayudando a los que lo requieren, que luego se acomodan respetando escrupulosamente los asientos originalmente asignados, se cierran las puertas, fin, “ojalá les haya gustado”. Luego cada uno a lo suyo, uno al baño, otro a la revista, esos dos a cambiarle el pañal al crío, y buen servicio le hacen al resto del pasaje porque ese niño apesta.

El aterrizaje se produce en el horario previsto, con buen clima y óptima visibilidad en el aeropuerto de destino, y así se hará constar en el manifiesto.

Mientras ayuda a su petiso compañero de asiento a retirar una chaqueta del compartimento superior, Francisco Aguirre piensa que el cuento es francamente malo, pero que vale la pena vivirlo.

VELATORIO

Mira a la madre, pobrecita, desconsolada está… no sé cómo se va a arreglar sin ella…

La ayudaremos entre todos los vecinos, supongo… ¿Has visto a Juan Carlos?

No, qué va, todavía está con la declaración y todo eso. Y no lo soltarán hasta mañana, imagino. Dicen que tuvieron que cogerlo entre cuatro para quitarle el hacha, no lo podían parar… yo lo entiendo, ¿qué quieres que te diga? Imagínate el cuadro que encontró, la impotencia… para colmo no llegó por un minuto… se pisó el cordón del zapato mientras corría… de jeta cayó…

—… y se demoró… sí, me lo han contado.

—… quedó un poco atontado. La nariz así, como una ciruela, según su hermano.

Lo que no entiendo es cómo es que ella no se dio cuenta.

Ahora dicen que solía ir por ese camino para pillarse algo de fumar… ya sabes lo que crece por ahí… pero qué no dirán ahora. Cómo decía mi finada madre, que en paz descanse: “pueblo chico, infierno grande”. Lo cierto es que ninguna ha salido muy avispada en esa familia; todo esto es muy triste, pero seamos sinceros. Además, anda que no son cada vez más listos los hijoputas…

Eso es verdad… como esto siga así acabaremos desconfiando unos de otros…

Al menos el hijo de una perra inmunda ya no va a fastidiar a nadie más.

Venga, otra vez con la cantinela. Yo no os entiendo, habláis todos en singular como si no hubiera otros. ¿Sabes qué? No me extraña que pasen estas cosas, ¡qué asco de mente pueblerina!

Ya, no es mucho consuelo, mira a la madre si no.

Pues no.

Tan jovencita… con ese culo respingón que tenía… se daba vuelta medio pueblo cuando iba. Igual, todo sea dicho, bonita era un rato, no seré yo quien lo niegue, pero tenía los brazos como los de mi sobrino Luis, el herrero, y además…

¡Joder, por favor! ¡Déjalo ya, hombre!…

Vale, vale…

—…

Estamos todos muy nerviosos…  y, claro… no es para menos…

—…

Un hecho terrible… luctuoso…

—…

¿Se dice ”luctuoso” o “luctoso”? “Hecho luctOso”. “Hecho luctUOso”. Pues yo diría que lleva “u”…

—…

¿Silvia se llamaba?

Sí.

Fíjate cómo son las cosas, ahora me vengo a enterar. Silvia. Para mí era Caperucita Roja, de toda la vida. Por cierto, ¿la abuela?

En el cuarto de al lado.

EL MAESTRO

Que algo profundo, que verdad. Herencia, vínculo, tierra, decía; decía el maestro lo que no se explica y que no se explica; que sí la ciudad, los libros, las horas, pero. Decía yo y lo que yo no, o improbablemente.

Elvin Jones descerrajaba eso que decía, atronador, que no era tormenta pero parecía, ni furia pero parecía, algo que «música» no precisa. No decían los brazos acabados en baquetas acabados en parches acabados en tambores acabados en eso que decía, sino todo Jones, y lo escuchábamos completamente el maestro y yo. Atronaba en los altavoces y perturbaba en nosotros, sentados e inclinados hacia adelante, los ojos cerrados. Escuchábamos el rictus, los dientes, las fibras tensas de Jones, el sudor. «África ruge»: dos palabras me decía al final el maestro, y silencio. Yo entendía.

IGUAL

Un año, hoy. Catalina pinta un cielo verde en clase y María llega tarde al trabajo otra vez. Le costó, pero se le dan bien los contratos a Alberto; ha tenido que levantar un poco la silla. El autobús pasa a la misma hora, para y suben los conocidos de siempre otra mañana; la chica de los cascos escucha el nuevo número uno. Según los titulares el mundo se desmorona, pero no. Igual: así es el mundo sin mí.