CUARENTA Y CUATRO CARACTERES

por Reducido a la escribitud

Tac: arrea las letras pausadamente hacia la última frase, que no será “Fin”. Tac. Las manos se alejan del teclado, por un momento; estira el tiempo, la palabra.

Tac.

Vuelve a pensarlo, respira. Lentamente el dedo cae, ¿tac? Sí.

Tac. Un sorbo. El sabor del vino. Una duda. Tac, otra tecla, el monitor que ilumina el cuarto.

Tac. La noche en que se apaga. Tac. Esta noche se apaga, piensa. Piensa. Tac.

Recuerda. La boca de Irene riendo, enorme, a Groucho Marx; una duda. No volverá: tac. El abrazo de algún amigo. De Juan, por ejemplo. Respira. Una duda; pero luego, tac.

Tac. Levanta los dedos, y la mirada. La noche en la ventana. Respira y un hilo de aire se escurre dentro del pecho, a duras penas.

Tac.

El tac llegado de, y cayendo hacia páginas vacías, páginas llenas de vacío, tac. Dedos de escritor, vacíos. Tac. Y los días.

Tac, los ojos a los lomos de los libros en la biblioteca, tac, en la penumbra, oye los libros, clacs como una granizada torrencial. Tac, e imagina clacs de una Underwood bajo los dedos de Dylan Thomas, tan llenos siempre. Tac. Tac.

Tac, la noche y él se miran breve, fríamente, la noche escucha otro tac que gotea sobre el teclado y el hastío, él imagina la noche y Thomas, tac, tan dignos; tac; Irene tac no volverá, tac, el tiempo tac no volverá, ni tac los amigos, tac las páginas tac en tac blanco tac las páginas tac tan tac llenas de tactac tanta tactactac nada tactactac y tac, cuarenta y cuatro, punto, la mano se desliza a la derecha y conduce hasta un ruido seco que alcanza a escuchar como una sospecha, porque él se apaga.

 

La noche.

La luz del monitor: “Cúlpese al aburrimiento y a una bala de 22.”

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