DEUS EX MACHINA

Hay un elefante en mi baño. Fue Ricardo. Sabe que los odio. Y sabe que odio a los hipocampos.

Te preguntarás cómo llegó allí: Ricardo respondería «Deus ex Machina», tajante y rebuscado como es. Yo tampoco sé muy bien qué es eso pero a él le gusta decirlo. Según me explicó una vez, Deus ex Machina significa un mal final, o uno tosco, o algo así. Como esta historia.

Mejor te lo explico yo.

Podría haber vaciado sus cajones, hecho la maleta, escrito una nota diciendo que fui importante para él, que las cosas cambian, que sea feliz, que me recordará siempre. Podría haberla dejado pegada con un imán en la nevera y salido dejándome el aire impregnado de su fragancia. Yo habría llegado y leído la carta, el perfume embriagándome. Luego un ceremonioso, triste, solitario y final brindis por Ricardo, un sorbo de Chianti bien coreografiado con dos lágrimas bajando por mi mejilla derecha,siemprestarásenmíRichard y ya, a otra cosa mariposa. Pero esto. Un horripilante bicho con una trompa desproporcionada, orejas desproporcionadas, cola desproporcionadamente pequeña, dientudo como ninguna otra criatura de la naturaleza. Todo eso que todos saben pero que pareciera nadie más que yo es capaz de apreciar en toda su desagradable dimensión; quizás porque solamente yo tengo un elefante en mi baño.

Fue su despedida, o eso cree, porque esto no se va a quedar así. Y, obviamente, el infame paquidermo no se va a quedar allí. Pienso que citaré a Ricardo. Sí, eso haré. Esperaré a que esté en el portal y entonces, desde el balcón, dejaré caer el elefante encima de él. Está plenamente justificado, creo yo. Haré que parezca un accidente.

Ricardo sabe irritarme. Sabe que aborrezco a los elefantes, las focas, los hipocampos y en general a cualquier horripilante bestezuela de cristal que diga «Recuerdo de alguna parte»; Torremolinos, suponte. Y mucho más si lleva un termómetro adherido y está en el estante de mi baño.