TEN CUIDADO CON LO QUE DESEAS

por Reducido a la escribitud

El caso es que la copa se le escurrió de entre los dedos, los ángulos tallados en el cristal escupiendo destellos contra la luz. Únicamente deseó, y deseó únicamente, durante el instante, por puro instinto, por absurdo que fuese, que la copa no se rompiera.

De pronto el tiempo se volvía tan lento que parecía tangible: los destellos se alargaban en hilos tras rebotar la luz contra el cristal, haces que se tejían suspendidos en su aire mientras vislumbraba detrás, como desde una borrachera, en una estela, la línea vertical que seguía la copa en su descenso. El peso de la copa empujaba y se abría paso a través de la mullida pachorra del tiempo, hasta que finalmente el cristal golpeó el suelo; se oyó un sonido breve, agudo, que fue apagándose, adherido al instante que a regañadientes iba quedando atrás.

El transcurso aún le parecía lentísimo cuando las grietas comenzaron a abrirse, contagiosas, mientras contemplaba cómo el suelo iba rajándose hasta volverse añicos, desde y bajo la copa intacta. De inmediato sintió el volumen de su cuerpo ceder a la gravedad y hundirse en un horizonte súbitamente blando; se vio junto a las formas del cristal íntegras dentro del vacío nuevo, interminable y opaco, en el comienzo de la interminable caída, hacia el interminable esfuerzo por evitar el deseo de romper la copa, de acabar con su odiosa interminable compañía; sintió el comienzo del interminable miedo a desear que la caída termine.

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