PARTIDAS Y LLEGADAS

por Reducido a la escribitud

Ambos grupos permanecieron quietos, bien diferenciados, uno a cada lado del hueco en la tierra, hasta que la garganta blanca del hombre de negro concluyó su sermón:  «…pues polvo eres y al polvo volverás».

Un grupo, el de los circunspectos, sólidos, se dispersa arrastrando congojas hacia sus coches. Pronto se habrán ido. Rompe la inercia el otro, cerrándose: las siluetas se mueven leves pero con brío; en corro, sin orden, buscan al recién llegado. Hay palmadas, algún abrazo. «Bienvenido», dicen varios; «Venga, hombre, cambia esa cara», suelta otro, mientras inician la marcha. Caminan en línea recta entre hierbajos, internándose en el predio. Algunos bromean y ríen a costa del bautizado, que se deja guiar por la pandilla, cabizbajo, las manos en los bolsillos. Con aire ausente, intenta patear los pedruscos, un hábito viejo que la costumbre extinguirá. Atraviesan cruces y árboles, la distancia va escondiéndolos. Se desvanecen contra la tarde que cae.

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