Reducido a la escribitud

¿Dónde están las sangrías?

Categoría: Buen rollito

NO HABER SIDO

Carlos se da prisa por salir del baño, una mano todavía en la cremallera, pues ha recordado que no han incluido el atún en la lista de la compra. Abre la puerta y la cruza en un movimiento, grita «¡Eva, atún!», y va buscándola por el pasillo. Pero Eva ya ha salido, y sobre todo su casa se parece poco a su casa. La recorre atropelladamente descubriendo muebles, cortinas, alfombras, cuadros desconocidos, incluso discos de Bee Gees y Demis Roussos. Inevitablemente regresa al baño para encontrar, no más de un minuto después de salir de él, otro espejo, azulejos, toallas, en general todo bastante pastel y tremebundo. El impulso es correr al dormitorio y buscar una foto en un portarretratos sobre la mesilla de noche. La cama es pastel, y es Eva en una foto en otro portarretratos. Eva junto a Lucas, el de gerencia, y una niña en edad escolar, abrazadísimos, sonrientísimos los tres. La reacción es arrojarlo, pero su manotazo rabioso no mueve ni aire, y sólo entonces se da cuenta de que sus pasos ya no hacen ruido, ni su respiración.

 

Este textillo también fue incluido en la antología Microrrelatos en el Patio.

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DEUS EX MACHINA

Hay un elefante en mi baño. Fue Ricardo. Sabe que los odio. Y sabe que odio a los hipocampos.

Te preguntarás cómo llegó allí: Ricardo respondería «Deus ex Machina», tajante y rebuscado como es. Yo tampoco sé muy bien qué es eso pero a él le gusta decirlo. Según me explicó una vez, Deus ex Machina significa un mal final, o uno tosco, o algo así. Como esta historia.

Mejor te lo explico yo.

Podría haber vaciado sus cajones, hecho la maleta, escrito una nota diciendo que fui importante para él, que las cosas cambian, que sea feliz, que me recordará siempre. Podría haberla dejado pegada con un imán en la nevera y salido dejándome el aire impregnado de su fragancia. Yo habría llegado y leído la carta, el perfume embriagándome. Luego un ceremonioso, triste, solitario y final brindis por Ricardo, un sorbo de Chianti bien coreografiado con dos lágrimas bajando por mi mejilla derecha,siemprestarásenmíRichard y ya, a otra cosa mariposa. Pero esto. Un horripilante bicho con una trompa desproporcionada, orejas desproporcionadas, cola desproporcionadamente pequeña, dientudo como ninguna otra criatura de la naturaleza. Todo eso que todos saben pero que pareciera nadie más que yo es capaz de apreciar en toda su desagradable dimensión; quizás porque solamente yo tengo un elefante en mi baño.

Fue su despedida, o eso cree, porque esto no se va a quedar así. Y, obviamente, el infame paquidermo no se va a quedar allí. Pienso que citaré a Ricardo. Sí, eso haré. Esperaré a que esté en el portal y entonces, desde el balcón, dejaré caer el elefante encima de él. Está plenamente justificado, creo yo. Haré que parezca un accidente.

Ricardo sabe irritarme. Sabe que aborrezco a los elefantes, las focas, los hipocampos y en general a cualquier horripilante bestezuela de cristal que diga «Recuerdo de alguna parte»; Torremolinos, suponte. Y mucho más si lleva un termómetro adherido y está en el estante de mi baño.

FELIZ CUMPLEAÑOS

El mejor regalo de cumpleaños posible saliendo, inmediatamente al abrir la puerta, en el rellano. Hace falta ser alguien desesperado para, encontrado un guante y un tubo como de bronceador allí, sin una inscripción, sin fecha de vencimiento, volver a entrar a casa, abrirlo, untar un dedo. Continuar al comprobar que el dedo ya no es o ahora es translúcido, que el cuerpo desaparece bajo el guante y el ungüento, poco a poco hasta cubrirlo entero. Hace falta odiar los cumpleaños.

GINEBRA DE VISITANTE

Y sí, claro, tuve que tomarme un par, ¿qué iba a hacer? Se ponen ciegos, no paran.  Luego ríen, orinan, vomitan y hacen estupideces. Y esto no es, ni de lejos, lo peor. Están loquísimos, muy jodidos. Yo ya avisé, no vuelvo más a ese planeta, para la próxima misión que envíen a otro.

PICNIC

Francisco Aguirre, profesor de literatura y gran cuenta-cuentos, se ha puesto en pie, altísimo como es, ocupando el estrecho espacio del pasillo. Apenas ha comenzado a introducir el relato de lo que está por suceder, cuando una azafata le ha solicitado que se coloque unos tres pasos más atrás, de forma tal que los pasajeros de clase ejecutiva también puedan escucharlo. Sin interrumpir la narración ha mirado de reojo, a duras penas ha dejado paso a piloto y copiloto que han salido de la cabina y, tras pedirle permiso para pasar, se han acomodado expectantes en el espacio ocupado por las azafatas.

Sigue el profesor Aguirre contando el cuento de lo que están por vivir, lo siguen todos inevitablemente embelesados. Que el avión se detiene, explica, en el aire, explica, y el avión se detiene, y se detiene en el aire, y etcétera. La escena recuerda a aquella del flautista y los ratones: el profesor va relatando, los demás ejecutan; las azafatas abren la puerta, se despliegan los toboganes, uno a uno van deslizándose, el personal de a bordo deja caer los sándwiches y las bebidas hasta que Aguirre, y luego el capitán, se unen al picnic. Es una nube grande, lo suficiente como para albergar cómodamente a todo el pasaje, bien desperdigados, con sus raciones. Todos encantados, pasan el rato estupendo que él les narra.

Cumpliendo el tiempo y los acontecimientos descritos en el relato, necesita levantar la voz un poco más de lo que le gusta para contar cómo regresan trepando por los toboganes, ayudando a los que lo requieren, que luego se acomodan respetando escrupulosamente los asientos originalmente asignados, se cierran las puertas, fin, “ojalá les haya gustado”. Luego cada uno a lo suyo, uno al baño, otro a la revista, esos dos a cambiarle el pañal al crío, y buen servicio le hacen al resto del pasaje porque ese niño apesta.

El aterrizaje se produce en el horario previsto, con buen clima y óptima visibilidad en el aeropuerto de destino, y así se hará constar en el manifiesto.

Mientras ayuda a su petiso compañero de asiento a retirar una chaqueta del compartimento superior, Francisco Aguirre piensa que el cuento es francamente malo, pero que vale la pena vivirlo.

VELATORIO

Mira a la madre, pobrecita, desconsolada está… no sé cómo se va a arreglar sin ella…

La ayudaremos entre todos los vecinos, supongo… ¿Has visto a Juan Carlos?

No, qué va, todavía está con la declaración y todo eso. Y no lo soltarán hasta mañana, imagino. Dicen que tuvieron que cogerlo entre cuatro para quitarle el hacha, no lo podían parar… yo lo entiendo, ¿qué quieres que te diga? Imagínate el cuadro que encontró, la impotencia… para colmo no llegó por un minuto… se pisó el cordón del zapato mientras corría… de jeta cayó…

—… y se demoró… sí, me lo han contado.

—… quedó un poco atontado. La nariz así, como una ciruela, según su hermano.

Lo que no entiendo es cómo es que ella no se dio cuenta.

Ahora dicen que solía ir por ese camino para pillarse algo de fumar… ya sabes lo que crece por ahí… pero qué no dirán ahora. Cómo decía mi finada madre, que en paz descanse: “pueblo chico, infierno grande”. Lo cierto es que ninguna ha salido muy avispada en esa familia; todo esto es muy triste, pero seamos sinceros. Además, anda que no son cada vez más listos los hijoputas…

Eso es verdad… como esto siga así acabaremos desconfiando unos de otros…

Al menos el hijo de una perra inmunda ya no va a fastidiar a nadie más.

Venga, otra vez con la cantinela. Yo no os entiendo, habláis todos en singular como si no hubiera otros. ¿Sabes qué? No me extraña que pasen estas cosas, ¡qué asco de mente pueblerina!

Ya, no es mucho consuelo, mira a la madre si no.

Pues no.

Tan jovencita… con ese culo respingón que tenía… se daba vuelta medio pueblo cuando iba. Igual, todo sea dicho, bonita era un rato, no seré yo quien lo niegue, pero tenía los brazos como los de mi sobrino Luis, el herrero, y además…

¡Joder, por favor! ¡Déjalo ya, hombre!…

Vale, vale…

—…

Estamos todos muy nerviosos…  y, claro… no es para menos…

—…

Un hecho terrible… luctuoso…

—…

¿Se dice ”luctuoso” o “luctoso”? “Hecho luctOso”. “Hecho luctUOso”. Pues yo diría que lleva “u”…

—…

¿Silvia se llamaba?

Sí.

Fíjate cómo son las cosas, ahora me vengo a enterar. Silvia. Para mí era Caperucita Roja, de toda la vida. Por cierto, ¿la abuela?

En el cuarto de al lado.

IGUAL

Un año, hoy. Catalina pinta un cielo verde en clase y María llega tarde al trabajo otra vez. Le costó, pero se le dan bien los contratos a Alberto; ha tenido que levantar un poco la silla. El autobús pasa a la misma hora, para y suben los conocidos de siempre otra mañana; la chica de los cascos escucha el nuevo número uno. Según los titulares el mundo se desmorona, pero no. Igual: así es el mundo sin mí.