Reducido a la escribitud

¿Dónde están las sangrías?

Categoría: Textos que me gustan mucho y el resto del mundo ignora escrupulosamente

DOBLE VIDA

Es un tugurio repulsivo. Huele a humo, al perfume de putas melindrosas, sudor ácido de todos esos hombres toscos y salidos, a humedad y a añejos vómitos de borracho. Gritos, golpes, murmullos dulzones, eructos, ecos de gentes que ya ni están allí. Es un lugar que odiaría.

Cada día salgo de la oficina, conduzco a casa, aparco, saludo al portero que me da el correo de camino al ascensor. Del ascensor al vestíbulo, tiro las llaves y los sobres sobre la mesita de paso al pasillo, paso a paso el pasillo, izquierda, atravieso mi dormitorio hasta el vestidor. Me observo en el espejo de pies a cabeza y me aflojo la corbata. Sin dejar de mirarme en él, tomo impulso y, de una zancada, como si saltara un charco, me zambullo en el espejo, zigzagueo entre mesas, putas y borrachos hasta la barra. Pido y bebo un whisky tras otro hasta perder el sentido… mi cama hiede a alcohol transpirado cuando despierto, arrastro la resaca que soy yo que peso como un muerto. Es repugnante y no puedo evitarlo, debo romper ese espejo. Mañana.

VELATORIO

Mira a la madre, pobrecita, desconsolada está… no sé cómo se va a arreglar sin ella…

La ayudaremos entre todos los vecinos, supongo… ¿Has visto a Juan Carlos?

No, qué va, todavía está con la declaración y todo eso. Y no lo soltarán hasta mañana, imagino. Dicen que tuvieron que cogerlo entre cuatro para quitarle el hacha, no lo podían parar… yo lo entiendo, ¿qué quieres que te diga? Imagínate el cuadro que encontró, la impotencia… para colmo no llegó por un minuto… se pisó el cordón del zapato mientras corría… de jeta cayó…

—… y se demoró… sí, me lo han contado.

—… quedó un poco atontado. La nariz así, como una ciruela, según su hermano.

Lo que no entiendo es cómo es que ella no se dio cuenta.

Ahora dicen que solía ir por ese camino para pillarse algo de fumar… ya sabes lo que crece por ahí… pero qué no dirán ahora. Cómo decía mi finada madre, que en paz descanse: “pueblo chico, infierno grande”. Lo cierto es que ninguna ha salido muy avispada en esa familia; todo esto es muy triste, pero seamos sinceros. Además, anda que no son cada vez más listos los hijoputas…

Eso es verdad… como esto siga así acabaremos desconfiando unos de otros…

Al menos el hijo de una perra inmunda ya no va a fastidiar a nadie más.

Venga, otra vez con la cantinela. Yo no os entiendo, habláis todos en singular como si no hubiera otros. ¿Sabes qué? No me extraña que pasen estas cosas, ¡qué asco de mente pueblerina!

Ya, no es mucho consuelo, mira a la madre si no.

Pues no.

Tan jovencita… con ese culo respingón que tenía… se daba vuelta medio pueblo cuando iba. Igual, todo sea dicho, bonita era un rato, no seré yo quien lo niegue, pero tenía los brazos como los de mi sobrino Luis, el herrero, y además…

¡Joder, por favor! ¡Déjalo ya, hombre!…

Vale, vale…

—…

Estamos todos muy nerviosos…  y, claro… no es para menos…

—…

Un hecho terrible… luctuoso…

—…

¿Se dice ”luctuoso” o “luctoso”? “Hecho luctOso”. “Hecho luctUOso”. Pues yo diría que lleva “u”…

—…

¿Silvia se llamaba?

Sí.

Fíjate cómo son las cosas, ahora me vengo a enterar. Silvia. Para mí era Caperucita Roja, de toda la vida. Por cierto, ¿la abuela?

En el cuarto de al lado.

EL MAESTRO

Que algo profundo, que verdad. Herencia, vínculo, tierra, decía; decía el maestro lo que no se explica y que no se explica; que sí la ciudad, los libros, las horas, pero. Decía yo y lo que yo no, o improbablemente.

Elvin Jones descerrajaba eso que decía, atronador, que no era tormenta pero parecía, ni furia pero parecía, algo que «música» no precisa. No decían los brazos acabados en baquetas acabados en parches acabados en tambores acabados en eso que decía, sino todo Jones, y lo escuchábamos completamente el maestro y yo. Atronaba en los altavoces y perturbaba en nosotros, sentados e inclinados hacia adelante, los ojos cerrados. Escuchábamos el rictus, los dientes, las fibras tensas de Jones, el sudor. «África ruge»: dos palabras me decía al final el maestro, y silencio. Yo entendía.