Reducido a la escribitud

¿Dónde están las sangrías?

Categoría: Cómo no ser publicado

AERO?UERTO

El tránsito pudo haber durado el pasado íntegro, o el parpadeo al que se obligó y que lo depositaba allí desde lo oscuro.

Se descubrió de pie, la mirada al frente, adivinó siluetas de aviones varados en tierra, en el tiempo varado, en la noche blindada, pintada en cristaleras que, le pareció, no tuvieran fin.

Rebuscó hasta encontrar un vestigio de resignación para dar un paso; caminó, paralelo a las cintas detenidas; baldosones reflejaban lo exánime, chirriaban bajo sus pasos con eco que devolvía ausencias y clausura, como reproches de la inmovilidad perturbada. Inauguraba la asfixia, comenzaba a pesarle el hermetismo guardado por puertas definitivamente cerradas a un exterior suspendido, devenido noción, apenas. Trazando una línea frente a persianas que esconden tiendas, máquinas que no volverán a funcionar, completó su caída desde el decurso hacia un ahora que no dejará de serlo.

Está sentado en cualquier hilera de sillas plásticas, las manos abandonadas sobre el regazo, el torso erguido; reclinando la cabeza ha cerrado otra vez los ojos, ya no con la esperanza de dormir, o de no despertar, sino con la modesta voluntad de empezar a hacer las paces con esta forma de estar muerto, una entre infinitas posibles, la que le ha tocado. «Pudo ser peor», se consuela.

Había escrito este relato para el concurso de Underbrain. Es la primera vez que envío un relato a un concurso. No lo eligieron. No es que tuviera muchas expectativas, pero me hubiese hecho bastante gracia. Los relatos seleccionados formarán parte de una antología y serán ilustrados por un artista gráfico llamado Javi de Castro. 

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100% AGUA

No existen conjuros antiguos, quizás ni siquiera conjuros, sino sucesos que sobrevienen a circunstancias precisas, coordenadas exactas, combinaciones reactivas. Cada vez, por primera vez. En presente.

El vagón salpicado por ráfagas de luces que desde el exterior alteran otra luz, una enfermiza, constante, de focos que escupen en todas direcciones lo amarillento del abandono, y bañan el interior que huele a humedad, a sudores viejos, al tránsito de personas ausentes. Figuras proyectadas por los haces que atraviesan los cristales y se deslizan sobre los rostros de los dos únicos pasajeros, ambos adormilados, dóciles a la hamaca del vaivén. Ellos se ignoran mutuamente, aislados cada uno en un extremo del vagón, evitando el embarazo de la intimidad en el encierro, las miradas colgándose en las paredes, sólo por no caer. Así, cuatro ojos pasean su apatía por grafitis, se detienen sin motivo en los anuncios. Mientras tanto, la inercia agita retazos de recuerdos: evocaciones y vaguedades enhebran hilos caprichosos, cruzan como cometas el sopor de cada uno del par de habitantes del vagón.

No en los grafitis, o en los anuncios. No pudo ser leída en lo marchito de la luz, o en la mugre de dedos marcados sobre las superficies plásticas, de suelas sobre la cuerina de las butacas, en el pringue en la goma del suelo, el pringue donde se mire, en los burletes de cristales turbios; el entorno es desabrido y nada en él la ha evocado; el encierro se contagia con cada respiración, nada la ha invitado a entrar por las miradas flojas del par de pasajeros. Simple, improbablemente y desde dentro, la palabra «deseo» se ha posado al mismo tiempo en los pensamientos de cada uno en su extremo del vagón porque sí, o porque el capricho es el corazón que irriga al deseo. La simultaneidad ha sido exacta como si el divagar de los extraños, durante el instante, hubiese sido uno.

Dos pasajeros, un vagón y cinco letras coincidiendo en un residuo de tiempo, aparentemente, han bastado: un cerrojo espontáneo acaba de comenzar a existir, sólo para abrirse, como una estrella, o como la célebre primera célula. Ellos ignoran el conjuro que se les revela, que se revela a sí mismo. Incluso, la sincronía que lo desencadena, involuntaria, les es ajena. «Deseo» se les ha clavado como una sola y perdida bala en la flaccidez de sus ánimos: la consecuencia bien pudo haber sido un pasaje secreto, abriéndose; o un amor anhelado inflamando de pronto a  un sorprendido alguien, en cualquier sitio. Tal vez algo, o todo eso, ocurre a causa de dos desconocidos en los extremos de un vagón y de un pensamiento coincidente; quizás alguien ensaya una explicación más plausible.

Pero los pasajeros no pueden deducir causas ni interpretar consecuencias mientras son atropellados, sin solución de continuidad, por lo desencadenado: las ventanillas son ahora oscuras y convexas como los ojos de un cuervo; el espacio se va colmando de manos de aire que brotan y se multiplican y les acarician los cuerpos, los cuerpos se estremecen con el éxtasis que los inunda, los calienta, humedece, y la piel, ojos y uñas, luego la carne, las vísceras y los huesos, se evaporan a medida que son rozados por ellas. Cada espacio de cuerpo acariciado, abrasado por las manos del aire, va volviéndose a su vez aire vivo; cada uno en cada extremo del vagón se inflama de placer, se desborda, exuda vapor; van desprendiéndose y alejándose de sus cuerpos en el vapor como estampidas de fantasmas, caldeando el espacio contenido y blindado por las paredes, puertas, ventanillas. Los dedos del deseo fuman los cuerpos y los exhalan para que se difundan hasta empañar los ojos del cuervo, el exterior azabache y mirón, asomado, colmando los cristales. Pronto, tan sincronizados como el instante que los empujó en este tobogán imposible, impensable, están dejando escapar el último manojo de células hacia una voluta de éxtasis, final, tibia, ligera. El deseo, consumido, no ha dejado ni su ausencia. El par de extraños del vagón se ha fundido, ahora son uno, suspendido, amorfo, uno solo en el vaho envasado en la noche que acaba de caer en un vagón detenido en ningún lugar.

Podría decirse una muerte dulce. Pero la oscuridad ha encallado en las ventanas y se proyecta dentro, convexa, opresiva, negrísima como la mirada de un cuervo. La inmovilidad es evidente en el vaivén que, no advirtieron cuándo, ha cesado; es evidente en el silencio; es evidente, sobre todo, en el estupor de los condenados del vagón, que no se avienen ni al éter que ahora son, o que habitan, ni a la mudez y a la ceguera que, enseguida, han entendido irrompible. Los condenados del vagón lloran aire, rabian aire, al percibir que el tiempo se ha estancado con ellos.

Desesperadamente mudo y extraño y nuevo, a oscuras, un sólo olvidado náufrago, flotando en su purgatorio particular.

CON NOCTURNIDAD Y ALEVOSÍA

Analizado, se trata más de hábito que de necesidad; como el café o el cigarrillo después de cenar. Es persistente, compele como una comezón. Por eso salgo.

Calles penumbrosas, despobladas. Transeúntes solitarios. No llegan ni a sorprenderse; siento su peso ceder, de espaldas hacia mi pecho; acojo los cuerpos en mis brazos, los vacío. Para entonces, apenas si habrán alcanzado a percibir, por un instante, una presión, como aguijones, el milímetro del vértice de mis dientes, acaso mi aliento. Luego, ya ni están allí.

La saciedad dura nada; de inmediato, o casi, me sobreviene otra vez la sensación: es como el deseo del café o el cigarrillo después de cenar. Y así, toda la noche.

EL MAESTRO

Que algo profundo, que verdad. Herencia, vínculo, tierra, decía; decía el maestro lo que no se explica y que no se explica; que sí la ciudad, los libros, las horas, pero. Decía yo y lo que yo no, o improbablemente.

Elvin Jones descerrajaba eso que decía, atronador, que no era tormenta pero parecía, ni furia pero parecía, algo que «música» no precisa. No decían los brazos acabados en baquetas acabados en parches acabados en tambores acabados en eso que decía, sino todo Jones, y lo escuchábamos completamente el maestro y yo. Atronaba en los altavoces y perturbaba en nosotros, sentados e inclinados hacia adelante, los ojos cerrados. Escuchábamos el rictus, los dientes, las fibras tensas de Jones, el sudor. «África ruge»: dos palabras me decía al final el maestro, y silencio. Yo entendía.